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2019 ABRIL - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

MISA ESTACIONAL  (Santa Iglesia Catedral, 21-IV-2019)   "Renovados por el Espíritu resucitemos a la luz de la vida"

            Hch 10,34a.37-43; Sal 117         Col 3,1-4            Jn 20,1-9       

¡Aleluya! 
¡He resucitado y aún estoy contigo, aleluya!
¡Me cubres con tu mano, aleluya!
¡Tu sabiduría es sublime, aleluya!

            La resurrección de Cristo, cumbre de nuestra fe, inauguró la era de la salvación ofrecida por Dios a todos los hombres. Alegrémonos y démosle gracias porque el que cree en Jesucristo, “entregado por nuestros pecados y (que) resucitó para nuestra justificación” (Rom 4,25), puede recibir el perdón y confiar en el cumplimiento de las promesas de la salvación. He aquí, en breve síntesis, el contenido de la fe apostólica y, por tanto, de cuanto hemos conmemorado en estos “días de pasión y de gloria”, la celebración de la nueva Pascua, la cumplida e instaurada por nuestro Redentor Jesucristo.

1.- El mensaje pascual perpenece al núcleo de la fe cristiana

            El apóstol San Pablo afirmó en una de sus primeras cartas: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe” (1 Cor 15,14). Pero no, nuestra fe cristiana no es una ilusión vana, carente de realidad o contenido, sino una convicción profunda que ha brotado no de la investigación de los hombres sino de la predicación de quienes vivieron de cerca los acontecimientos finales de la vida de Jesús y fueron enviados por Él, asistidos por el Espíritu Santo, a predicar y extender ese mensaje de salvación y esperanza. 

            La resurrección de Cristo de entre los muertos es el centro de la vida cristiana y la base y esencia de nuestra fe, aunque debamos admitir también que es una realidad que nos desborda porque desafía incluso nuestra experiencia acerca de lo que es la muerte con todas sus secuelas y manifestaciones. Por eso es muy importante que, al término de los días santos de la Pasión del Señor no nos quedemos únicamente con el sentimiento del drama del Calvario que parece acaparar nuestra celebración de la Semana Santa. Los escritos de los apóstoles, lo que llamamos el Nuevo Testamento, expresión y testimonio de la predicación que extendió por todo el mundo el mensaje cristiano, nos invitan a tener siempre fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hb 12,2).

2.- Los Apóstoles nos han transmitido lo que vieron y creyeron

            Estamos en Pascua y la liturgia cristiana hace suyo y no dejará de cantar el salmo pascual por excelencia, ya desde los tiempos bíblicos: un himno de alegría y de victoria que conmemoraba la liberación de los israelitas de Egipto y se cantaba y se sigue cantando durante la cena de Pascua por el pueblo de la Antigua Alianza: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia… Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,1.24). La fiesta de hoy no se reduce, por tanto, únicamente a este día sino que se prolonga durante toda una cincuentena que culminará en la solemnidad de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo, viniendo sobre los Apóstoles los lanzó a predicar por todo el mundo el mensaje de Jesús, la esperanza de una vida eterna que arranca precisamente de la resurrección de Jesucristo.

            Hoy es, por tanto, “el día en que actuó el Señor” cumpliéndose las esperanzas de los hombres en una salvación que se proyecta en este mundo pero que va más allá de nuestra existencia terrena. En la primera lectura escuchábamos un fragmento de la predicación del apóstol San Pedro que se presenta como testigo de la resurrección de Jesús, testimonio que tiene su confirmación en el evangelio que se ha proclamado. Es este un relato lleno de detalles que hace referencia a lo que sucedió en aquella mañana del día posterior al sábado, o sea, nuestro domingo, el “día del Señor” precisamente a causa de los hechos que se sucedieron entonces: El descubrimiento de la tumba vacía por María Magdalena, el aviso de esta a los apóstoles, la reacción de estos, la comprobación que realiza Pedro: los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6b-7). Y, especialmente, la reacción del otro apóstol, Juan, que “vio y creyó”  (20,8b).

3.- El camino de la fe es también nuestro propio camino

            El camino de fe de los estos discípulos tiene otras características que no debemos descuidar y que percibimos especialmente en Juan, el joven discípulo que en la última cena había reclinado su cabeza sobre el pecho de Cristo (cf. Jn 13,23) y que acompañó a María en el Calvario recibiendo del Señor el encargo de acogerla como madre (cf. Jn 19,26-27). Así, mientras Simón Pedro se vio sorprendido ante la ausencia del cuerpo de Jesús, los lienzos tendidos y el sudario doblado aparte. Juan, sin embargo, no necesitó ver para creer. En él estamos representados todos los cristianos que, por la gracia de Dios, profesamos nuestra fe en Jesucristo resucitado basándonos en la tradición apostólica y en la enseñanza de la Iglesia.

            La narración del Evangelio terminaba con estas palabras: "De hecho, aún no habían entendido la Escritura, que Jesús debía resucitar de entre los muertos"  (20,9). Es siempre la luz de la palabra de Dios la que revela el significado de los hechos y de los signos que la simple mirada humana es incapaz de ver. Insisto, por la gracia de Dios y el amor de nuestros padres que, además de darnos la vida, nos llevaron a bautizar y nos trasmitieron la fe, hoy nos identificamos con ella en comunión con todos los discípulos de Cristo de todos los tiempos.

         Profesémosla hoy una vez más, conscientes de que no hemos de pronunciarla de palabra solamente sino con las obras y el corazón: Creo en Dios, Padre todopoderoso...

+Julián, Obispo de León

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