Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2019 ABRIL - JUEVES SANTO: MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 18-IV-2019)    "Habiendo amado a los suyos"    

           Ex 12,1-8.11-14; Sal 115           1 Cor 11,23-26                  Jn 13,1-1

“Antes de la fiesta de la Pascua, 
sabiendo Jesús que había llegado su hora  de pasar de este mundo al Padre,
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo”
(Jn 13,1)

        La liturgia eucarística que estamos celebrando posee un significado especial, manifestado también por la solemnidad con la que el evangelista san Juan comienza el relato de la última Cena del Divino Maestro con sus discípulos. Lo que narra, completado por la tradición apostólica aludida por san Pablo en la segunda lectura, tiene no solo el valor del recuerdo de unos hechos trascendentales, sino también la importancia y el alcance que quiso darles nuestro Señor Jesucristo. Hoy, Jueves Santo, debemos meditar sus palabras con especial reverencia porque constituyen la clave del encargo que quiso dejarnos como memorial esencial de sí mismo y de su pasión y muerte.

1.- La obediencia y fidelidad de Jesús a su vocación mesiánica

      El Padre lo había puesto todo en las manos de su Hijo (cf. Jn 13,3). También la libertad de aceptar la situación que se había desencadenado y que era suficientemente conocida tanto por el propio Divino Maestro como por sus discípulos. Basta hojear los evangelios para percibir la tremenda tensión que se vivió en Jerusalén en los días previos a la Pascua de aquel año (cf. Jn 12,12; etc.). La angustia de aquellas horas se hizo patente  en la súplica de Jesús en el huerto de Getsemaní: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).

     El Señor era plenamente consciente de la terrible prueba que le esperaba. Y sin embargo, como afirma san Pablo en otra de sus cartas, “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fl 2,8; cf. Rm 5,19). La fidelidad de Cristo hasta la entrega total de sí mismo producirá siempre asombro y desconcierto, incluso en los mismos creyentes para quienes no cabe otra explicación de este hecho que el amor infinito de Dios y la tragedia que ha supuesto siempre el pecado, cualquier pecado, para la humanidad. Durante la última cena del Señor con sus discípulos se puso de manifiesto suficientemente que la decisión había sido tomada por Él con pleno conocimiento y libertad. Lo recordé al principio de la homilía: Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Esta actitud se percibe también en una afirmación pronunciada en el mismo marco de aquella memorable Cena: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, añadiendo a continuación: “Vosotros sois mis amigos…” (cf. Jn 15,13-14a).

2.- El lavatorio de los pies: realidad y profecía del gesto

     Pero surge una pregunta: ¿Era preciso llegar hasta el extremo de dar la vida de ese modo tan cruel, soportando una tortura de dimensiones inconcebibles para nosotros, además de los insultos y ultrajes que tuvo que soportar nuestro Redentor? La respuesta la tenemos en los escritos de los profetas, especialmente de Isaías en su célebre “Canto del Siervo de Yahveh” que escucharemos mañana, Viernes Santo, en las lecturas que preceden a la proclamación de la pasión del Señor (cf. Is 52,13-53,12 y Hb 4,14-16; 5,7-9). Pero tenemos también una respuesta en lo que sucedió aquella tarde en el cenáculo: Estaban cenando todavía cuando Jesús, levantándose de la cena se quitó el manto y, tomando una jofaina con agua se puso a lavar los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido (cf. Jn 13,4-5). Mediante ese gesto dio a entender que entraba en la pasión con todo conocimiento y libertad, sin limitación alguna. Pudo haberla evitado, pero no lo hizo.

     No fue una actitud improvisada, sino plenamente coherente. Recordemos, por ejemplo, cuando Jesús anunció su pasión por primera vez y Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirle, recibiendo una dura reprimenda (cf. Mt 16,22-23). Entonces Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24; cf. vv. 21-23). Pero, además, durante la última Cena con sus discípulos, el Señor realizó otro gesto, muy significativo también, de su propósito tanto de dar la vida como de fortalecer a los que le habían seguido “desde el principio” (Jn 15,27) y a los que vendrían después, es decir, a los discípulos de todos los tiempos que hemos creído en Él y nos consideramos seguidores suyos.

 3.- La institución de la Eucaristía y del sacerdocio

      Fue entonces cuando, con plena conciencia de lo que hacía y yendo más lejos aún que en el lavatorio de los pies, tarea propia de los esclavos -no lo olvidemos-,  “tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; cf. 1 Cor 11,24). Y después de cenar tomó también el cáliz diciendo: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,24; Mt 26,28). Mediante estos gestos y palabras Jesús no solo hacía entrega de su vida y de su humanidad anticipando sacramentalmente lo que iba a suceder pocas horas después sino que, al confiar a sus discípulos el reiterar esa donación en memoria” suya, instituía también el sacramento del Orden tal y como la Iglesia profesa y enseña en su magisterio (cf. Mt 28,20).  

      Desde entonces esos gestos y palabras del Señor hacen del pan y del vino, por el poder del Espíritu Santo, el sacramento que es presencia real y comunión verdadera del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que los sucesores de aquellos discípulos, es decir, los sacerdotes de la Nueva Alianza, no han dejado nunca de celebrar y ofrecer a los fieles como el “pan de la vida” y la “bebida de la salvación” (cf. Rito de la Misa). No en vano la comunidad cristiana, al reiterar esos gestos y palabras, reconoce y adora esa presencia que llamamos sacramental de su Maestro y Redentor.

      Cuando, al término de esta celebración, llevemos procesionalmente el Santísimo Sacramento de la Eucaristía al lugar donde quedará reservado para la solenne acción litúrgica de mañana, Viernes Santo, os invito a todos a hacer un acto de fe en la presencia de Cristo bajo el signo del pan consagrado, adorando con amor y gratitud a quien no solo dio su vida “por nosotros y por todos los hombres” sino que quiso morar para siempre en medio de ellos. Será el momento de agradecer y cantar, una vez más, al Amor de los Amores.

 +Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65