Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2019 ABRIL - MIÉRCOLES SANTO: MISA CRISMAL

(S.I. Catedral, 17-IV-2019)  "Nos ha hecho sacerdotes de Dios"

 Is 61,1-3a.6a.8b-9; Sal 88               Ap 1,5-8                 Lc 4,16-21

 “El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido”
 (Lc 4,18-19)

     El evangelio que se acaba de proclamar, cuyo cumplimiento anunció nuestro Señor Jesucristo en la sinagoga de Nazaret, sigue siendo actual en la acción pastoral de la Iglesia y, por tanto, en la vida y ministerio de quienes hemos sido “llamados, consagrados y enviados” en virtud del sacramento del Orden.

1.- El simbolismo del aceite y la misión de Cristo y de los cristianos

     Esta realidad se hace patente en la eucaristía que estamos celebrando, en la que se bendicen los óleos y se consagra el Crisma que se usarán en algunos ritos litúrgicos. Las referencias bíblicas de la unción con el aceite de oliva y el uso de este en varios sacramentos manifiestan la acción de Dios cuando confiere una misión a quienes elige y llama para que la realicen o cuando es invocado en favor de una persona enferma o que va a recibir una misión especial.

     En las culturas antiguas, incluido el mundo bíblico, no solamente se atribuían al aceite propiedades medicinales o palativas del dolor sino que se usaba en la consagración de los reyes y de los sacerdotes como signo de la dignidad y de la fortaleza que solo podían proceder de Dios. Conocida es la referencia mesiánica de Jesús como “el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38), referencia que está en la misma línea que la ya aludida aplicación que hizo Él mismo en la sinagoga de Nazaret después de leer el pasaje del profeta Isaías relativo a la actividad mesiánica: “Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21).

      Posteriormente, a partir de la época apostólica, la unción se incorporó a los sacramentos del bautismo y de la confirmación, a la unción de los enfermos, al orden sagrado y a la consagración de iglesias y altares. Desde entonces el aceite bendecido o consagrado con estos fines fue denominado “óleo santo”, “crisma” o “santo crisma”, siempre con el mismo significado básico: la fuerza y el poder del Espíritu Santo.

2.- Ungidos por el Espíritu Santo para una vida y un ministerio santos

      "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido", decía el profeta Isaías en la primera lectura, afirmación que hizo suya Jesús como hemos escuchado en el evangelio. Sobre la base de esa unción mesiánica que nos une a todos nuestros hermanos bautizados y confirmados, fuimos posteriormenmte consagrados por el sacramento del Orden al servicio del pueblo santo de Dios, realidad que la celebración de hoy nos invita a recordar en la renovación de las promesas sacerdotales que haremos dentro de unos momentos. No podemos olvidar esta doble vinculación a Jesucristo, por los sacramentos de la Iniciación cristiana y por el sacramento del Orden, respectivamente, sino que para nosotros constituye un deber moral y una fuente de vida interior el mantener vivos cada día esos vínculos mediante la fidelidad a nuestra vocación y misión al servicio de todo el pueblo santo de Dios.

       Cuando fuimos ordenados sacerdotes el obispo invocó sobre nosotros el “Espíritu de santidad” en el momento central de la ordenación extendiendo sus manos sobre nosotros mientras decía: "Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad...". La expresión alude a la gracia singular que nos ha ligado al sacerdocio de Jesucristo para siempre aunque sin separarnos de la comunidad de los fieles, poniéndonos más eficazmente a su servicio. Lo afirmaba San Agustín, cuando decía a sus fieles: “Desde que se me impuso sobre los hombros esta carga, de tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica… Si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo (o ‘presbítero’)para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición primera connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación” (Serm. 340,1).

3.- La juventud de nuestro sacerdocio

      Hermanos sacerdotes y diáconos: vosotros y yo hemos recibido el Espíritu Santo en el sacramento del Orden para la edificación y el servicio del pueblo santo que nos ha sido confiado. He aquí nuestra mayor responsabilidad y el fundamento principal de nuestro  ministerio: una vida coherente, liberada del egoísmo propio y del afán de tener y de aparentar lo que no somos, una vida gozosa, entregada y santa. En el marco de la bendición de los óleos y consagración del Crisma, esta debe ser nuestra principal súplica para cada uno y para todo el presbiterio diocesano: Que el Señor avive y acreciente en todos "el espíritu de santidad", la gracia de la propia ordenación, desarrollando su energía y potencialidad en nosotros y en los fieles cristianos de quienes somos responsables, cada uno según la misión recibida.

       Pero, desde la experiencia de los años transcurridos en nuestra vida y ministerio, especialmente los mayores, es posible que tengamos también la sensación, si no de vacío, al menos de un posible cansancio. Esto no debe desanimarnos. El Señor oró por nosotros durante la última Cena asegurándonos su cercanía y asistencia: “Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17,19). Esta promesa debe activar el gozo de nuestra relación personal con Él y la alegría de la misión que nos fue confiada, realidad que nos rejuvenece a todos. No hace un mes, exactamente el 25 de marzo pasado, el papa Francisco publicaba la Exhortación postsinodal “Christus vivit” (“Vive Cristo, esperanza nuestra”) que recoge los trabajos del Sínodo de los Obispos dedicado preferentemente a los jóvenes en la Iglesia y que tuvo lugar el año pasado. La primera afirmación del documento no puede ser más optimista: Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida… Él vive y te quiere vivo” (n. 1).

     Queridos hermanos presbíteros y diáconos y, por supuesto, vosotros también, queridos seminaristas, permitidme trasladaros estas palabras del papa: La gloria de la juventud está en el corazón más que en la fuerza física o en la impresión que uno provoca en los demás” (n. 10). Los años no pasan en balde y dejan su huella de muchas maneras: cansancio, pérdida de ilusión, desconfianza y otros males (cf. nn. 72ss.). Pero Cristo vive y se hace presente, y “eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino en nuestra vida, y de que nuestros cansancios servirán para algo…” (n. 127). El papa Francisco nos asegura también:“Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven” (n.13). Unámonos, pues, personalmente a Él y a la ofrenda sacerdotal y eucarística de quien es a la vez “sacerdote y víctima” para nuestra salvación.

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65