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2019 ABRIL - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

(Iglesia Catedral, 14-IV-2019)   "Cuando llegó la hora"

             Is 50,4-7; Sal 21;             Fl 2,6-11                  Lc 22,14-23,56

¡Celebremos a N.S. Jesucristo, el Rey de la Gloria, 
que nos trae la misericordia de Dios! (cf. Sal 23)

    Nos disponemos, un año más, a celebrar los días santos de la pasión, muerte y resurrección del Señor, días verdaderamente centrales del calendario cristiano. Convocados por la Iglesia hemos venido en procesión a la catedral evocando, a través de las calles de nuestra capital, la entrada de Jesús en Jerusalén en medio del júbilo, sobre todo, de los niños. Sin embargo, una vez iniciada la celebración eucarística, el ambiente ha cambiado. La liturgia reclamaba nuestra atención sobre el relato pormenorizado de la Pasión de N.S. Jesucristo según san Lucas que acabamos de escuchar.

1.-  La entrada en Jerusalén fue realmente el acceso a la pasión

Celebremos, pues, los acontecimientos de salvación en los que se consumó la vida terrena de nuestro Redentor. El Espíritu Santo, que hace viva y eficaz en cada uno de nosotros la memoria del misterio pascual de Jesucristo, nos ayudará a hacer nuestros los sentimientos de quien, por amor, se entregó a la muerte para salvar a los hombres sus hermanos. Nos lo ha recordado la segunda lectura: Jesucristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo… se humilló… hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre” (Fl 2,6-9).

La exaltación se produjo en la resurrección, ciertamente. Sin embargo esa glorificación tuvo un preámbulo en la entrada de Jesús en Jerusalén que nosotros hemos conmemorado en la procesión y cuyo significado y alcance fue ya advertido y rechazado por los enemigos de Jesús. En efecto, esa entrada fue el detonante de los acontecimientos finales de su vida terrena. Sin embargo, el Profeta Zacarías la había anunciado incluso en el detalle de la cabalgadura: "¡Salta de gozo, Sión; alégrate Jerusalén! Mira que viene tu rey,  justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna” (Zac 9,9) La multitud se asoció al acontecimiento y los discípulos lo celebraron jubilosos como nosotros lo hemos hecho en la procesión hasta la catedral.

Pero el Señor, que ve siempre lo que hay en el interior del hombre (cf. Jn 2,25), no se hizo ilusiones acerca del alcance del aquel reconocimiento que en realidad era el comienzo de la pasión. No nos sorprenda, pues, que la liturgia de este día esté centrada realmente en este relato. Efectivamente, Jesús fue aclamado como el “rey de Israel” pero en menos de una semana fue acusado de subversivo y de hacerse igual a Dios, para ser, finalmente, condenado a muerte y ejecutado del modo más cruel. 

2.- El rechazo a Jesucristo puede producirse hoy también

Meditemos, pues, en este cambio de actitud en la masa de gente que llenaba entonces Jerusalén con motivo de la Pascua, para que aquella tremenda ingratitud no se produzca en nosotros, tentados como estamos tantas veces a olvidarnos de quien nos ha hecho hijos de Dios y herederos de la vida eterna. El falso proceso de Jesús y su ingrata condena, aprovechando la cobardía del procurador romano, deben hacernos reflexionar a todos, para que la injusticia y la mentira y, en definitiva, el pecado, no echen raíces en nosotros. De otro modo nuestro culto, nuestras manifestaciones religiosas e incluso nuestra pertenencia a la Iglesia serán, cuando menos, una falsa presunción, cuando no un engaño.

 El relato de la pasión del Señor según san Lucas alude a dos gestos de Jesucristo verdaderamente impactantes: Primero fue la lamentación sobre Jerusalén: Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: ‘¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!’” (Lc 19,42). Después, la expulsión de los mercaderes del templo (cf. 19,45-46). Jesús percibió muy claramente el carácter superficial del entusiasmo de aquella gente que primero lo aclamó pero que, en realidad, lo iba a rechazar como enviado de Dios (cf. 19,44).

     Actitudes de este tipo, más o menos encubiertas, constituyen hoy también un serio peligro para la salvación personal y aun para la paz y la honestidad en las relaciones sociales y públicas. Cuando el amor a Dios o, a falta de esta virtud, el temor al pecado desaparecen de las conciencias, se quiebran las bases de la ética social y de la moralidad pública y se socavan las bases del derecho de manera que se pierde incluso el origen transcendente de la ley y se abre el camino al caos. 

3.- Las verdaderas actitudes durante la Semana Santa

     Estamos ya la Semana Santa. Esta se ha convertido desde hace mucho tiempo entre nosotros y en la mayor parte de las capitales de España en un reclamo social con fuertes repercusiones turísticas y económicas que puede ocasionarnos, incluso a los que nos confesamos creyentes si no estamos atentos, el retroceso cualitativo de lo que ha de ser, ante todo, un testimonio personal y público de fe y de verdadero sentido religioso. Estemos, pues, atentos para que nuestra celebración popular de la Semana Santa no sucumba a la tentación del espectáculo y de una falsa religiosidad.

Por este motivo quiero invitar a todos los fieles a vivir estos días de acuerdo con su verdadero significado religioso, que no sólo ha de estar presente en el ánimo de cada uno sino que hemos de procurarlo y ponerlo de manifiesto en la calle y en las procesiones, en la medida de las propias posibilidades. Nuestra actitud de creyentes en Jesucristo nos exige acompañarlo desde la fe y desde la compasión, sabiendo que su Pasión no es un hecho del pasado sino una realidad que continúa presente y a veces de manera muy viva en el sufrimiento de tantos hombres y mujeres que sufren y arriesgan incluso su vida buscando un futuro mejor para ellos y para sus familias. No podemos olvidar esta realidad que renueva y actualiza la pasión de Cristo. Recordemos la exhortación de san Pablo: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (1 Cor 2,5).

+Julián, Obispo de León

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