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2019 JUNIO - VEN ESPÍRITU SANTO, LLENA LOS CORAZONES DE TUS FIELES!!

            Queridos diocesanos:

        Termina el tiempo de Pascua, la cincuentena pascual que comenzó celebrando la resurrección del Señor y culmina, como si se tratara de una explosión continuada de alegría, en la jornada de Pentecostés. La vida cristiana, con toda su potencialidad y energía, alimentada domingo tras domingo y día tras día, especialmente en la referida cincuentena, libera la energía acumulada durante el periodo pascual. Así sucedió la primera vez, en Jerusalén, como se recuerda y anuncia en el relato de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo. Y así sucede cada año litúrgico al llegar la referida fiesta y siempre que la Iglesia y cada comunidad de los seguidores de Jesucristo celebra el cumplimiento de las promesas de su Señor y Maestro. Por eso no es exagerado decir que “siempre es Pascua y siempre es Pentecostés”.

      Necesitamos todos, pastores y fieles, recordarlo, celebrarlo y vivirlo actualizando nuestro testimonio personal y nuestras actitudes misioneras y de apostolado. Eso sí,  apoyados siempre en la palabra del Señor y contando con la energía que brota de la oración y de los sacramentos, porque no habrá nunca evangelización ni acción pastoral posible sin la acción del Espíritu Santo. Gracias a su apoyo y empuje, la Iglesia crece en todos los niveles: las personas que la integramos, las familias, las comunidades, los grupos eclesiales, las parroquias, las diócesis. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, el generador de la energía que necesitamos, y el maestro interior que actualiza y aclara a todos los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús.

El Espíritu Santo actúa hoy, como lo hizo en los comienzos de la Iglesia, en los enviados, en cada evangelizador, catequista, maestro de la fe, etc., poniendo en su mente y en sus labios ideas y palabras que por sí solos no podrían hallar, y sembrando en sus corazones energía y convicción. Y en quienes escuchan, la disponibilidad necesaria, el deseo, la alegría y la certeza de quien se deja conducir por Jesucristo para dar fruto porque sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5).

            Son muchos los modos y las ocasiones de evangelizar que deberíamos aprovechar todos los que tenemos alguna misión en la Iglesia. También los medios y las técnicas que se pueden y deben emplear para anunciar el evangelio, subordinadas siempre a la naturaleza y significado de este. Porque, por muy perfectas que sean o por muy bien que las dominemos, el fruto de toda forma de evangelización, catequesis o pastoral que empleemos depende ante todo de la acción interior, discreta y suave, del Espíritu Santo tanto en el mensajero como en los destinatarios. Ni el más preparado evangelizador ni el más elocuente ministro de la palabra consiguen algo al margen del “don de Dios” (Jn 4,10).

               La conclusión es clara. De ahí la necesidad de invocar al Espíritu Santo y de confiar en él, de abrirnos todos a su presencia y acción, tanto los ministros de la palabra como los oyentes. Situémonos siempre bajo la moción interior del “dulce Huesped del alma” como lo llama un célebre himno. Invoquémoslo siempre, al hablar y al escuchar, al meditar y al tratar de actuar: “Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”.   

+Julián, Obispo de León

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