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Esta Iglesia, constituida y ordenada como sociedad en este mundo, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él. Se encuentran en plena comunión con la Iglesia católica, en esta tierra, los bautizados que se unen a Cristo dentro de la estructura visible de aquélla, es decir, por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y del régimen eclesiástico. (CIC 204.1-205)
El cuidado pastoral del Obispo diocesano abarca a todos los fieles católicos que se le confían, cualquiera que sea su edad, condición o nacionalidad, sean del rito que sean. De este ministerio pastoral participan también todos los presbíteros diocesanos, especialmente el Vicario general.
Todas las instituciones diocesanas, comenzando por la Curia diocesana, los arciprestazgos y las parroquias, han de mostrar el espíritu de servicio a todos los católicos diocesanos, e incluso a los no católicos, porque el gobierno pastoral en la Iglesia sirve para estimular la fe y favorecer la comunión eclesial. Por ello, son necesarias, además de la evangelización y de las celebraciones, algunas pautas de organización o normas para que toda la comunidad diocesana pueda ser ante el mundo una familia unida por los vínculos de la fe, por los sacramentos celebrados y administrados, y por la plena comunión eclesial.
Para llevar a cabo esta misión pastoral, presentamos algunas normas, decisiones y sugerencias que faciliten a todos los fieles católicos su conocimiento y cumplimiento.
Bautismo, Confirmación, Eucaristía y Matrimonio
El bautismo es el primer sacramento que recibe el cristiano: de él va a depender toda la vida cristiana, y por ello se debe preparar quien lo recibe si es adulto, o los padres si se trata de un niño. El éxito o el fracaso de la vida cristiana depende de que todo bautizado sea consciente de lo que este sacramento significa, que habrá de ir descubriendo a lo largo de una etapa catequética.
La Iglesia católica siempre administró el bautismo a los adultos que descubrían a Cristo por la fe, y a los niños si los padres verdaderamente cristianos se comprometían a educarlo en la fe. El bautismo, cuando se trata de niños y supuesto el compromiso serio de sus padres, debe ser administrado en la primeras semanas de su vida: se desea que sea en domingo, y si es posible en un domingo con significado bautismal (Fiestas del Bautismo del Señor, Domingos de Pascua, Solemnidad de Jesucristo Rey, etc.). En aquellas parroquias donde los bautismos son múltiples, puede ser útil un calendario de domingos bautismales.
La preparación debe dirigirse a los padres, que piden el bautismo para sus hijos y que aseguran la educación cristiana. Cuando se trata de adultos, la preparación es más profunda y más consciente. Los padres cristianos que no piden el sacramento del bautismo para sus hijos no actúan con la coherencia que prometieron en su matrimonio, como también es una incoherencia que los padres descristianizados o en situación canónica irregular soliciten el bautismo para sus hijos cuando no son ni pueden ser un ejemplo de fe.
La confirmación está unida al sacramento del bautismo y se considera un desarrollo del mismo. Supone en quien desea recibir este sacramento un conocimiento más profundo de la vida cristiana que se manifiesta en el testimonio de vida, en el compromiso por sentirse miembro de la Iglesia y colaborar con ella, e incluso en el descubrimiento de su vocación al sacerdocio, a la vida consagrada o al matrimonio.
La edad para recibirla se sitúa en torno a los catorce años. La catequesis ordinaria comienza por los padres tras el bautismo, sigue en la propia parroquia con los sacramentos de la penitencia y eucaristía, y desemboca en la confirmación. Más que una catequesis para este sacramento es preferible hablar de una preparación concreta. A veces hay jóvenes o adolescentes que apenas han recibido catequesis: hay que completar lo que falta de la catequesis para que no vean la confirmación como un requisito y no abandonen la vida cristiana.
Conviene que todos los que reciben la confirmación se pregunten si desean prestar algún tipo de colaboración parroquial (consejo, catequesis, grupos, etc.), o insertarse en un movimiento apostólico que complemente su vida laical, o decidirse por una vocación eclesial concreta.
La eucaristía, cuando se recibe por primera vez, suele ser un acontecimiento importante en la vida de las familias y en la de los niños. También supone la preparación mediante la catequesis ordinaria en las parroquias, que debe abarcar desde los cinco o seis años hasta los nueve, para que la recepción de la eucaristía por vez primera se sitúe en torno a la edad de la discreción, y los niños puedan comprender el misterio de la eucaristía, participen en las celebraciones dominicales y no fracturen el proceso iniciado de la catequesis.
Cuando se trata de niños en la edad de la discreción que no han sido bautizados, es necesaria la catequesis ordinaria como a otros niños ya bautizados y un proceso catecumenal adaptado.
La preparación a la primera comunión está unida también a la formación moral del niño y al sacramento de la penitencia.
Deben evitarse celebraciones ajenas a la primera comunión, considerándola como un acto social utilizando al niño en beneficio de los padres, y a gastos innecesarios o desproporcionados para las propias familias.
El matrimonio requiere la maduración del hombre y la mujer que deciden compartir su vida en este estado por el que inician una nueva familia capaz de acoger y educar a los hijos. Si lo celebran como cristianos, el matrimonio es, además, sacramento. Requiere una preparación cuidadosa, porque se trata de una decisión entre personas libres y responsables que deciden construir una comunidad familiar, compartiendo sus vidas durante toda la vida.
Por ello, la Iglesia católica siempre ha regulado esta convivencia, tanto en su preparación como en su celebración, incluso en el desarrollo de la vida matrimonial. Así: considera de especial importancia la preparación a través de los llamados cursillos prematrimoniales, del conocimiento mutuo de los novios acerca de sus personas, de sus caracteres, de su grado de aceptación para cumplir las obligaciones que derivan del matrimonio. La celebración matrimonial para la Iglesia católica ha de estar precedida de la no existencia de impedimentos, así como del expediente matrimonial donde se constata y se refleja la voluntad de asumir el matrimonio. La responsabilidad de la preparación recae en las parroquias de residencia de los novios, y su celebración en la parroquia de residencia de cualquiera de ellos, a no ser que decidan con los permisos correspondientes celebrar el matrimonio fuera de la parroquia propia y ante un ministro de la Iglesia que no sea el párroco propio.
La vida del matrimonio no está exenta de dificultades: la vivienda o el trabajo, pero también la convivencia mutua y la generación y educación de los hijos. Cuando la convivencia se hace extremadamente difícil, el Centro de Orientación Familiar presta una ayuda importante, para que la convivencia no se interrumpa por la separación; y cuando existen indicios de nulidad del matrimonio, la Vicaría Judicial estudia y dictamina mediante un proceso si consta o no la nulidad.
Otras celebraciones
El culto en la Iglesia católica no se agota en la celebración de la Eucaristía especialmente dominical, ni en las celebraciones sacramentales a lo largo del año, que santifican los distintos momentos de la vida del cristianos. Existen otras celebraciones que son una prolongación de los sacramentos o una manifestación de la devoción de los fieles.
Los funerales constituyen el momento especial de la despedida terrena de un cristiano. La Iglesia desea que sirvan de consuelo en la fe para la familia, de perdón para el difunto, y de profesión de fe en la resurrección de los muertos. Los funerales o exequias comportan siempre una celebración en la propia parroquia, no en un tanatorio, y la inhumación del cadáver en el cementerio. Si la familia lo desea y es posible, se puede celebrar, además, la Misa de funeral, siempre que no coincida con domingos especiales y fiestas de precepto. La incineración del cadáver no oscurece la fe en la resurrección, y por ello, la Iglesia católica permite esta práctica: pero no desea que las cenizas se arrojen al aire o al agua, sino que se entierren también o se coloquen en columbarios.
Las bendiciones santifican otros muchos momentos de la vida o de las cosas de las personas. La bendición de la vivienda o del coche como herramienta de trabajo, de los niños y sus padres, de los ancianos y de los novios, son ocasión de agradecimiento a Dios, de suplicar su perdón y de pedirle su ayuda. Algunas bendiciones se desarrollan en la liturgia en determinados días, entre las que sobresale la bendición con el sacramento de la Eucaristía el día del Corpus, la bendición de las candelas (2 de febrero), de la ceniza (miércoles con el que se inicia la cuaresma), los ramos (domingo con el que se inicia la semana santa), el agua (especialmente en la vigilia pascual), los campos, e incluso una iglesia, sus objetos y sus ornamentos.
Las procesiones recuerdan al cristiano su condición de peregrino. No son manifestaciones sociales u otros desfiles con carácter reivindicativo o cultural: por ello, deben desarrollarse de forma ordenada, presididas por la cruz y los ciriales, con la asistencia de los fieles y del ministro, y oportunamente precedidas por alguna imagen que se venera; se acompañan con los cantos, la música, las oraciones y el silencio: si esto no se hace correctamente, las procesiones degeneran y es preferible sustituirlas de otra forma o incluso pensar en su supresión.
Las fiestas particulares de una parroquia han de ser cuidadas de manera especial, para que otras organizaciones no las utilicen para sus fines o formen parte del programa de diversiones. Entre las fiestas parroquiales sobresale la del titular (misterio de Jesucristo, advocación mariana o un santo al que está dedicada la parroquia), la fiesta del patrón (a veces coincide con la anterior), el aniversario de la dedicación de la iglesia parroquial, y otras de especial devoción. Sin embargo, no es lícito trasladar estas fiestas a otras fechas, generalmente en el verano, ya que el calendario litúrgico tiene autonomía propia en sus celebraciones y no se puede alterar. Se están introduciendo otras fiestas (de veraneantes, sociales o de homenajes) que tratan de promocionarse a base de incluir misas en sus programas: hay que recordar que la fiesta cristiana no siempre coincide con este tipo de celebraciones.
Administración de bienes eclesiásticos
La Iglesia católica ha heredado a lo largo de los siglos multitud de bienes muebles o inmuebles, generalmente para el culto o para sostenerlo. Por ello, es rica en bienes, pero su mantenimiento es costoso para que todos, católicos y no católicos, podamos admirar su arte y su historia. Desprenderse de estos bienes traicionaría el fin para el que fueron creados o donados. Son numerosos en nuestra Diócesis los templos que conservan obras de arte, de orfebrería, de escultura, de pintura, que guardan la memoria de la historia. Esto justifica la cuota que en ocasiones se solicita para acceder a museos y archivos.
Administrar los bienes eclesiásticos es una tarea nada fácil: conservar los bienes mediante la restauración, dotar de medidas de seguridad, evitar los robos y que las piezas artísticas que fueron creadas para una comunidad católica particular no se pierdan, ha motivado algunas normas, especialmente cuando se trata de parroquias pequeñas y sin medios suficientes para evitar expolios, o cuando determinadas obras de arte solamente se usan ocasionalmente.
Para asegurar la conservación de los bienes inmuebles, la Iglesia católica suscribe convenios con organismos civiles y dedica una parte de sus ingresos a distintas reparaciones en iglesias y en locales con fines pastorales. Los bienes muebles tienen otro tratamiento: por ser móviles, se ofrece a las parroquias la posibilidad de depositarlos en el museo o en el archivo diocesanos, y trasladarlos a las citadas parroquias cuando ocasionalmente se necesitan .De esta forma se cumple un doble objetivo: contemplar estas piezas en museos y exposiciones, y usarlos en el culto.
A veces ocurre que los bienes eclesiásticos pertenecientes a las parroquias son reclamados por organismos civiles locales o por cofradías: son bienes eclesiásticos porque pertenecen a una persona jurídica en la Iglesia católica (diócesis o parroquia), integrada por todos los bautizados que viven en plena comunión eclesial, no por quienes han abandonado formalmente a la Iglesia católica, o no sean católicos, o incluso no cristianos.
Aportación económica de los fieles
La Iglesia católica pide a sus fieles que colaboren económicamente: es una manera de llevar a cabo el mandamiento de ayudar a la Iglesia en sus necesidades. Cuatro son las necesidades permanentes para las que se solicita la aportación económica: el sostenimiento del culto en muchos miles de parroquias, la retribución a los sacerdotes por su ministerio, la actividad evangelizadora y misionera, y finalmente la labor asistencial en los centros de enseñanza, cárceles u hospitales. Todas estas obras dependen de los propios fieles, y no del gobierno español, como muchos siguen creyendo.
En España los fieles católicos, y a veces no católicos, piden que una parte de sus impuestos (el 0.7%) sean destinados a los cuatro fines generales mencionados: no es un impuesto más, sino decidir el destino de esa pequeña parte declarada mediante una X. De cada mil euros, siete se destinan a estos fines. Por ello, todos los fieles católicos están obligados a pagar sus impuestos, y por ello también deben ser coherentes con este pequeño gesto que no les cuesta nada. Deben asegurarse de que en su declaración del IRPF consta este destino.
Existen también en muchas parroquias una cuota mensual para que sus propios feligreses colaboren en los gastos generados por el culto y sus obras pastorales. Esta cuota, que generalmente se ingresa en una cuenta bancaria, no sale de la parroquia. Tiene un fin particular, que respeta la voluntad del donante. Otra forma de colaborar económicamente con la parroquia propia no es mensual, sino con ocasión de servicios de culto.
Finalmente están las colectas recaudadas durante el culto, que en muchas ocasiones tienen un fin particular: las misiones, la diócesis, el seminario, cáritas, el donativo para Tierra Santa o la Sede Apostólica, o cualquier necesidad o desgracia local o mundial. No cabe duda que estas aportaciones económicas reflejan la condición católica de cada uno.
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