EL SANTO TRIDUO PASCUAL

El día de la Resurrección del Señor

 

Inaugurada la celebración festiva de la Iglesia en la solemne vigilia, la liturgia no dejará de decir durante todo el día, durante la octava pascual y durante la cincuentena: "Este es el día en que actuó el Señor" (Sal ll7, 24); "Este es el día en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado" (pref. pas.I; cf. l Cor 5, 7).

La Liturgia de las Horas ofrece un Oficio de lectura, que es un doblaje de la vigilia pascual, para aquellos que no han asistido a ella. Los Laudes contienen salmos dominicales: Sal 62, Dn 3, 57-88 y Sal l49, que tienen en este día un relieva especial como alabanza al Señor de la nueva creación, a Cristo resucitado:

"Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor;

cantemos un himmo al Señor, nuestro Dios" (ant. 2).

La lectura breve recuerda que el Señor resucitó al tercer día (Hech l0, 40-43) para reforzar la idea de que estamos en el día tercero del Triduo pascual. La Hora intermedia se basa en el salmo ll7, el gran canto pascual, que procede del ritual de la cena judía (cf. Mt 26, 30).

La misa del día se abre con la exclamación jubilosa del canto de entrada: "He resucitado y aún estoy contigo" (Sal l38, l8). Cristo, el Esposo, sale al encuentro de la Iglesia, representada en María Magdalena, que, llorosa, le busca al amanecer, y, al ver la losa quitada del sepulcro, corre a avisar a Pedro y al otro discípulo (Jn 20, l-9: ev.). La oscuridad de la noche da paso a la fe en las Escrituras, según las cuales "él había de resucitar de entre los muertos" (ibid,). Apelando a este testimonio y a su propia experiencia, Pedro anuncia la resurrección de Jesús y el perdón de los pecados que reciben los que creen (Hech l0, 34.37-43), mientras Pablo invita a buscar los bienes de arriba, donde está Cristo (Col 3, l-4). Convencida de ambos mensajes, la liturgia ora diciendo:

"¡Oh Dios, que en este día nos has abierto las puetas

de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte!

Concédenos, al celebrar la solemnidad de su resurrección,

que, renovados por el Espíritu,

vivamos en la esperanza de nuestra resurrección futura" (col.).

El misterio de la Pascua del Señor, por la acción del Espíritu, barre de todos nosotros la vieja levadura del pecado y nos transforma en panes ázimos de la sinceridad y la verdad (lCor 5, 6b-8). La Iglesia se siente "renovada por los sacramentos pascuales" (posc.), el bautismo y la eucaristía. Por eso celebra esos mismos sacramentos, "en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta" (superobl.) rebosante de gozo pascual (pref).