EL SANTO TRIDUO PASCUAL

El Jueves Santo de la Cena del Señor

 

La misa vespertina de la cena del Señor tiene, como hemos visto, el carácter de introducción en el Triduo pascual, de entrada en la comemoración anual de la Pascua. La rúbrica del Misal destaca la importancia de esta celebración eucarística y pascual, recordando que están prohibidas todas las misas sin pueblo, para que toda la comunidad local con sus sacerdotes y ministros participen en la eucaristía vespertina. En caso de verdadera necesidad, el ordinario del lugar puede permitir la celebración de otra misa para los fieles que de ningún modo puedan tonar parte de la principal. La Liturgia de las Horas suprime las Vísperas de este día para que los que asisten a la misa de la cena del Señor. El sentido eclesial, eucarístico y sacerdotal, no menos que el pascual, han sido reforzados.

El significado de la celebración está expresamente recogido en la oración colecta:

"Señor Dios nuestro

nos has convocado esta tarde

para celebrar aquella misma memorable cena en que tu Hijo,

confió a la Iglesia el banquete de su amor,

el sacrificio nuevo de la alianza eterna"...

Las lecturas evocan el gesto fundamental de Jesús, que, al instituir la eucaristía, se entregaba a la muerte por la salvación de los hombres. Con esta entrega, el Señor ha cumplido el ritual de la vieja Pascua judía, instituida por Moisés (Ex l2, l-8. ll-l4: lª. lect.), ofreciendo su cuerpo en lugar del cordero, y su sangre para sellar la nueva y definitiva alianza (lCor ll, 23-26: 2ª. lect.). Pero el gesto de Jesús encierra, además, la prueba del infinito amor del que da la vida por los demás: "Los amó hasta el extremo", dice el evangelio (Jn l3, l-l5) antes de narrar la gran lección de humildad y servicio que Jesús quiso unir a su memorial: el lavatorio de los pies a los discípulos.

La Iglesia, al recordar ambos gestos, es consciente del mandato del Señor de perpetuar su memoria haciendo presente la oblación sacrificial en la eucaristía, "pues cada vez que celebramos este memorial de la muerte de Cristo se realiza la obra de nuestra redención" (superobl.). La conciencia de estar cumpliendo el mandato de perpetuar el sacrificio de la eterna alianza hace decir al sacerdote en el momento culminante de la plegaria eucarística:

"Acepta, Señor, en tu bondad,

esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa,

que te presentamos en el día mismo

en que nuestro Señor Jesucristo

encomendó a sus discípulos

la celebración de los misterios

de su cuerpo y de su sangre...

El cual, hoy, la víspera de padecer

por nuestra salvación y la de todos los hombres,

tomó pan...

El otro gesto de Jesús, que tiene un valor no sacramental, sino de testimonio -"os he dado ejemplo..."-, puede ser recordado de una manera plástica mediante el rito llamado mandato, es decir, el lavatorio de los pies mientras se canta la antífona: "Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor" (Jn l3, 34). El rito trae el recuerdo del otro gran tema del día: el mandamiento de la caridad fraterna.

La santa misa concluye con el traslado solemne del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente. Es el momento de la adoración eucarística, que en este día aparece en dependencia clarísima de la celebración de la misa. El misal invita a los fieles a que dediquen algún tiempo de la noche a la adoración, según las circunstancias y costumbres de cada lugar, recomendando que después de la media noche desaparezca la solemnidad.