En efecto, el ayuno anual, que terminaba el día de Pascua, es el primer indicio germinal de lo que desde el siglo IV aparece ya como un triduo dedicado a celebrar el paso de Cristo de este mundo al Padre. No sabemos cuanto duraba este ayuno en el siglo II, cuando tuvo lugar la controversia entre las comunidades judiocristianas y las occidentales. En el siglo III, la Tradición apostólica de Hipólito, menciona el ayuno del viernes y del sábado, que acaba con la eucaristía de la vigilia pascual. Otros testimonios, como la Didascalia de los apóstoles, extienden el ayuno a toda la semana, pero concediendo significación especial a los tres últimos días.
El desarrollo de la celebración anual de la Pascua se produce a partir de la vigilia pascual. Por Tertuliano y por la Tradición Apostólica nos enteramos de que en la citada vigilia se administraba el bautismo antes de pasar al banquete eucarístico. La práctica seguramente es aún más antigua. La vigilia comprendía varias lecturas, y es de suponer que entre ellas se contaríanlos relatos de la creación, del sacrificio de Abrahán y del paso del mar rojo, ya que estos conocidos pasajes del Antiguo Testamento se encuentran presentes en todas las series que han llegado hasta nosotros procedentes de los sistemas de lecturas de las más antiguas liturgias.
Es posible que la alusión de Jesús a los tres días en que Jonás estuvo en el vientre del pez (cf. Mt l2, 40) y la indicación de que el templo destruido sería levantado al tercer día (cf. Jn 2, l9; Mt 26, 61) contribuyeran a configurar la celebración del Triduo pascual en los primeros tiempos. Pero parece más probable que influyera aún más el deseo de celebrar sucesivamente los diversos momentos del misterio pascual siguiendo la narración evangélica. De hecho, San Ambrosio en Milán y San Agustín en el norte de Africa coinciden al mencionar, naturalmente por separado, el "sagrado triduo de Cristo crucificado, sepultado y resucitado" (SAN AGUSTIN, Ep. 54, l4: PL 38, 215; SAN AMBROSIO, Ep. 23, l2-l3: PL l6, l030).
No debe extrañarnos que en Palestina, adonde llega la peregrina Egeria en la segunda mitad del siglo IV, los cristianos recorriesen los lugares señolados por la tradición como los que fueron escenarios de los acontecimientos de la vida de Jesús con los evangelios en la mano, tratando de evocar los hechos y las palabras del Salvador. Este afán de reproducir la historia, creando así un soporte psicosociológico más realista, está en el origen de la gran mayoría de las fiestas del año litúrgico.
La liturgia de Jerusalén jugó un papel decisivo en la organización de las celebraciones del Triduo Pascual. Los capítulos 35 y 36 del Diario de viaje de Egeria (año 380) describen minuciosamente todas las celebraciones que tenían lugar durante los tres días de la pasión, muerte y resurrección del Señor. La comunidad, con su obispo al frente, recorría los principales puntos donde se desarrollaron los hechos: la basílica del Martirio, edificada junto al lugar de la cruz; la Anástasis, que contenía el Santo sepulcro; la gruta llamada Eleona, donde Jesús enseñaba a los apóstoles en el monte de los Olivos; Getsemaní y el Inbomon, lugar de la ascensión. El cenáculo, llamado Sión, no se menciona hasta el domingo de resurrección por la tarde, cuando se evoca la aparición de Jesús a los discípulos reunidos. Las celebraciones consistían, fundamentalmente, en lecturas y cantos de salmos, de los que Egeria toma nota. El Viernes Santo se hace la adoración de la cruz y se lee la narración de la pasión. En la vigilia pascual se administra el bautismo y el obispo presidía la eucaristía.
Poco a poco, las liturgias ocidentales imitan el desarrollo de las velebraciones de Jerusalén, La adoración de la cruz, la lectura de la pasión, el lavatorio de los pies -que aparece también en Jerusalén a mediados del siglo V- e incluso la procesión de los ramos, a la que ya hemos aludido, son imitados por todas las Iglesias. A lo largo de la Edad Media se introducen una serie de ritos de los que es muy difícil determinar su origen exacto: la bendición del cirio pascual, la bendición del fuego, la entronización de la cruz con la aclamación "Mirad el árbol de la cruz", la solemne traslación de la reserva eucarística, el despojo de los altares, etc. El Triduo pascual de la liturgia romana queda definitivamente estructurado hacia el siglo XIII, incluyendo la anticipaciónde la hora de la vigilia pascual, que en esta época ya se había adelantado a la hora sexta (a las doce de nuestro reloj). Otro tanto había ocurrido con las celebraciones del Jueves y Viernes Santos, que llegaron a ser por la mañana.
Cuando en l951 el Papa Pío XII inicia la reforma de la Semana Santa por la vigilia pascual, la primera medida consistió en hacerla volver a su hora natural nocturna. Y así ocurrirá en l956 respecto de la misa vespertina de la cena del Señor y de la acción litúrgica de la pasión, el Jueves y el Viernes Santos, respectivamente. La reforma litúrgica del Vaticano II es también explícita en este punto. Sin embargo, si no se observan las normas de la Iglesia en relación con la hora de los actos del Triduo pascual, se puede volver otra vez a la situación anómala que hemos comentado. |