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HABLAR BIEN DE DIOS
TAMBIÉN POR HAITÍ


Hace algo más de un año mi primer artículo en esta página llevaba por título "Hablar bien de Dios". Quiero volver sobre el mismo tema porque, a raíz del terremoto de Haití, se han publicado comentarios que recuerdan la pregunta recogida en la Biblia: "¿Dónde está su Dios?". Algún periodista tituló su glosa: "Haití: Sin noticias de Dios". Con motivo del Desayuno Nacional de Oración organizado por la Fundación Fellowship en Washington se han podido leer y escuchar cosas parecidas.

Pero también se ha hablado y escrito en coherencia con el respeto que merece el santo nombre de Dios. Ante un desastre como el que ha padecido el país más pobre de América, apenas paliado por una no menos extraordinaria reacción de todo el mundo, me pregunto si en el fondo de quienes mantienen una actitud crítica ante el hecho religioso sobre todo cristiano, no se esconde una profunda decepción ante la vida que les toca vivir o ante un horizonte oscuro. Los creyentes tenemos que preguntarnos también qué imagen de Dios estamos ofreciendo con nuestros hechos y palabras. ¿Hemos podido, quizás, distorsionar el rostro de Dios en lugar de mostrarlo en su verdadera expresión? Porque no son los desastres naturales los que han provocado el eclipse de Dios en la cultura de hoy, sino más bien las debilidades y los enfrentamientos entre los hombres, en ocasiones invocando indebidamente el nombre divino.

En la Biblia hay un episodio muy iluminador, protagonizado por el profeta Elías. Al término de una larga peregrinación hasta el monte Horeb, en busca de Dios, se metió en una cueva para pasar la noche. Y el Señor se le manifestó. Primero fue un violento huracán que hacía trizas las peñas, pero Dios no estaba en el viento. Después vino un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Después vino un fuego, y tampoco allí estaba Dios. Después se oyó una brisa tenue. Al percibirla, Elías se tapó el rostro con el manto y salió afuera, a la intemperie. Entonces oyó una voz que le hablaba.

Como alguien ha escrito, Dios es infinitamente más grande que todas las imágenes fabricadas o pensadas por el hombre para definirlo. Más de un testigo de los terribles días que siguieron al terremoto de Haití ha contado cómo, entre los gritos de angustia, se oían también cantos y plegarias mientras se levantaban las manos para cargar con un herido o un muerto. Sé que muchos no lo comprenderán, pero aquello era la señal de la presencia de Dios. La brisa suave de la oración del alma y de la solidaridad de las manos.

+ Julián, Obispo de León


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