"Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo"
Is 25, 6a.7-9; Sal 26
1 Tm 1, 13-14; 2, 1-3
Jn 17, 24-26
Celebremos a Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra paz y nuestra esperanza.
"Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria" (Jn 17, 24). Qué consoladoras resuenan estas palabras de nuestro Redentor tomadas de su oración sacerdotal, cuando nos encontramos reunidos para celebrar la Eucaristía junto a los restos mortales de quien fue durante quince años Obispo de esta Iglesia, Mons. Antonio Vilaplana Molina. Nuestras oraciones por él quieren insertarse en la plegaria que el Sumo y Eterno Sacerdote dirigió al Padre en el Espíritu Santo y acogerse al amparo de quien sabía que siempre era escuchado (cf. Jn 11, 41).
1. Jesucristo ha orado por sus sacerdotes en la última Cena
"Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria" (Jn 17, 24). En este Año dedicado a los sacerdotes, las conmovedoras palabras del Señor, proclamadas en el Evangelio, ponen de manifiesto la predilección que Jesús sentía por aquellos a los que había llamado a compartir su misión de dar a conocer a los hombres la vida eterna, como finalidad última de la obra de la salvación (cf. Jn 17, 2). El Señor dijo también en qué consiste la vida eterna, en "que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). Conocer a Jesús significa conocer al Padre, y conocer al Padre es entrar en comunión real de vida y de amor con Dios. La vida de un sacerdote, y el Obispo es sacerdote en la plenitud del sacramento del Orden, es participación en el amor mutuo entre el Padre y el Hijo, amor que poseerá de modo definitivo en el paraíso, estando con Cristo y contemplando su gloria sin mediaciones de ningún tipo, cara a cara.
Hoy reconocemos esta acción de Jesucristo en su servidor bueno y fiel, D. Antonio, a quien llamó de entre los hombres para confiarle el conocimiento del Padre, dándole también la gracia necesaria para que, en el ejercicio de su ministerio sacerdotal y episcopal, pusiera en contacto con la vida eterna a los fieles confiados a su cuidado. Por eso, como he indicado, nosotros queremos unir nuestra plegaria de sufragio a la oración de Cristo en la última Cena, pidiendo, por la eficacia del Sacrificio eucarístico, que su siervo el Obispo D. Antonio, a quien el Señor puso al frente de una Iglesia diocesana en la tierra, sea contado en el número de sus elegidos en el cielo.
D. Antonio había nacido en Alcoy, provincia de Alicante y diócesis de Valencia, el 28 de febrero de 1926. En 1939 ingresó en el Seminario de esta diócesis y fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1949. Hasta su llamada al Episcopado el 17 de septiembre de 1976 como Obispo de Plasencia, fue párroco durante algún tiempo y, la mayor parte de su vida, profesor de Teología Dogmática en el Seminario Diocesano entre otras tareas. Esta faceta se proyectó en su contribución a la Conferencia Episcopal Española tanto en la Comisión para la Doctrina de la Fe, a la que perteneció durante varios trienios y de la que fue Presidente de 1981 a 1984, como en la Comisión para el Patrimonio Cultural que presidió también en dos trienios de 1993 a 1999.
2. El Obispo, oyente y custodio de la Palabra de Dios
En efecto, D. Antonio, cuyo lema episcopal decía fortitudo mea Dominus (el Señor es mi fuerza) fue siempre muy sensible a la función magisterial del Obispo como oyente y custodio de la Palabra de Dios. Él solía recordar a los sacerdotes que "no somos dueños de esta Palabra que nos ha sido confiada, sino oyentes primero, para poder más tarde llegar a ser testigos" [1]. Siempre tuvo muy presentes las palabras de San Pablo a Timoteo que se han proclamado en la II lectura: "Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros" (2 Tim 1, 14). En la homilía de la Misa de su toma de posesión de esta Sede el día 15 de marzo de 1987, decía D. Antonio: "Depositum custodi..., me dice a mí San Pablo en la persona de su discípulo Timoteo. Conserva el depósito de la fe, esto es, de la fe católica, apostólica, romana. La fe que en el bautismo nos hizo cristianos. La fe por la cual tanto sabemos de Dios... La fe que nos enseña a confesar que Jesucristo, Hijo eterno de Dios, nació de Santa María Virgen... Señor de la historia, Ideal de la humanidad, presente y escondido en la Eucaristía..." [2].
Esta fuerte convicción personal de D. Antonio respondía a la conciencia que la Iglesia, fiel a la Tradición Apostólica, ha tenido siempre de ser una comunidad que ha de acoger la Palabra divina, siempre nueva y eficaz a través de los tiempos, para hacerla viva y activa en cada uno de los periodos de la historia (cf. DV 7-8). Y me la recordaba también a mí, su sucesor, el día de mi toma de posesión, en la hermosa alocución que pronunció sobre el significado de la cátedra episcopal. Eran sus últimas palabras en calidad de Administrador Apostólico de esta diócesis. Antes había recordado que él fue uno de los obispos que me impuso las manos el día de mi ordenación. Por eso quiero hoy, reverentemente, recordar estas frases de D. Antonio: "Al nuevo Obispo le digo las palabras que el Papa Pío XII le dijo al futuro Papa Pablo VI... Él le pidió antes de entrar en Milán unas palabras de orientación pastoral. Las palabras de Pío XII, en latín, fueron solamente dos: Depositum custodi" [3].
Gracias, D. Antonio, porque estas dos palabras han sido una verdadera clave de su ministerio episcopal. "Pero no basta conservar, como Usted mismo decía, tenemos la obligación de desarrollar la fe que hemos recibido" [4]. Recordar estas convicciones suyas nos ayudará en la aplicación del Plan pastoral del presente quinquenio centrado precisamente en la Palabra de Dios: "El que escucha la Palabra de Dios y la entiende, ese da fruto".
3. Nuestra actitud ante la muerte de quien ha sido Padre y Pastor
La muerte del que ha sido Padre y Pastor de una Iglesia diocesana constituye, por tanto, un motivo para actualizar su legado. En este sentido, ante los restos mortales de D. Antonio, quiero renovar el compromiso de la Iglesia Legionense de continuar la aplicación de las Constituciones Sinodales del Sínodo diocesano de 1993-1993. Es cierto que este acontecimiento eclesial se aleja en el tiempo. Pero esto no quiere decir que los documentos sinodales, fruto del estudio compartido y orante de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, estén superados. Lo prueba el que están alimentando todavía los planes pastorales quinquenales que se han sucedido desde su clausura, y nutriendo muchas acciones evangelizadoras y apostólicas de nuestras parroquias y grupos eclesiales.
Queridos hermanos, que en estos momentos no nos embargue la tristeza. En la primera lectura escuchábamos esta palabra profética: "Ahí está nuestro Dios: de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación" (Is 25, 9). La liturgia exequial hace resonar nuevamente el anuncio del banquete escatológico y de la victoria definitiva de Jesucristo sobre la muerte y lo relaciona con la celebración de la Eucaristía. La muerte de una persona a la que nos unen vínculos de profundo afecto, produce siempre sentimientos de dolor y emoción. D. Antonio se conmovía hasta las lágrimas en estas ocasiones. Estos mismos sentimientos los tuvo nuestro Redentor delante de la tumba de su amigo Lázaro (cf. Jn 11, 33-35). Precisamente esas lágrimas son las que Dios prometió enjugar de todos los rostros (cf. Is 25, 8). Abramos, pues, nuestros corazones a la felicidad y a la paz definitivas que Dios nos promete colmando a los creyentes de esperanza y alegría, a pesar de las dificultades y aflicciones de la vida.
Confiados en la intercesión de la Virgen del Camino, de San Froilán y de los Santos y Beatos leoneses, debemos pensar que Dios, por su inmensa bondad y misericordia, ha acogido ya el alma de D. Antonio para introducirla en la comunión plena con Él en la asamblea de los bienaventurados en el cielo. Que así sea.
+ Julián, Obispo de León
[1] Boletín Oficial del Obispado de León, noviembre-diciembre 1999, p. 746.
[2] Ib., marzo de 1987, p. 72.
[3] Ib., marzo-abril 2002, p. 303.
[4] Ib., marzo de 1987, p. 73.
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