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SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

(Real Colegiata-Basílica de S. Isidoro, 6-I-2010)

“Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra”


Is 60,1-6; Sal 71

Ef 3,2-3.5-6

Mt 2,1-12

“Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra”. Esta exclamación, repetida después de la I lectura e inspirada en el versículo 10 del salmo 72 [Vg.71], que canta proféticamente al Rey Mesías, expresa muy bien el significado de la solemnidad de la Epifanía que estamos celebrando. Al mismo tiempo ilumina de alguna manera el rito del Responso que tendrá lugar, al final de la Misa, en el Panteón de los Reyes de León.

1. Profecía y cumplimiento del salmo 72

La liturgia ha elegido este salmo para poner de relieve la realeza de Cristo y la magnificencia de su reino al celebrar su gloriosa manifestación al mundo en la Epifanía. El salmo habla de futuro para hacernos mirar a lo lejos, y no sólo al pasado. En los reyes que vienen del Oriente para adorar al Mesías, la Iglesia ha visto la ofrenda de los pueblos gentiles que, rompiendo las barreras del pueblo de la Primera Alianza, se han convertido en una muchedumbre inmensa que nadie puede contar, integrada por gentes de todas las naciones, razas, culturas y lenguas (cf. Ap 7, 9).

La profecía ha tenido ya una primera realización cuando los Magos llegaron a Belén con sus dones simbólicos. El Evangelio según San Mateo, en el relato que se acaba de proclamar, no menciona el número ni la condición de los personajes que vieron la estrella y se pusieron en camino buscando al Rey que había nacido (cf. Mt 2, 1-2. 9). Pero la tradición popular fijó en tres el número de los Magos y les dio el título de reyes, sin duda por influjo del salmo 72 que menciona a los reyes de Tarsis, de Saba y de las Islas (cf. Sal 72 [Vg], 10) y, especialmente, por la referencia del evangelio a los dones que ofrecieron, oro, incienso y mirra (cf. Mt 2, 11). Los Santos Padres, sin entrar en detalles, relacionaron estos dones con los atributos del Niño al que contemplaron los Magos: el oro para el Rey, el incienso para Dios y la mirra para el Hombre. Comenta San Pedro Crisólogo cómo aquellos sabios encontraron en una cuna lo que habían buscado en las estrellas: el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre en Dios y Dios en el hombre. Y viendo, creyeron y adoraron (cf. Serm. 160).

La antigua profecía mesiánica, sin embargo, no se agotó en la escena narrada en el evangelio. Aquella se proyecta, incluso, sobre toda la historia humana que, entre dificultades y resistencias de todo tipo, culminará plenamente cuando Cristo vuelva glorioso al final de los tiempos para recapitular la obra de los hombres y ofrecérsela a Dios Padre redimida y glorificada (cf. 1 Cor 15, 28; Ef 1, 10).

2. La historia tiene su centro en Jesucristo

La profecía y el cumplimiento de este salmo han sido plasmados aquí, en la Basílica de San Isidoro, de una forma inigualable y, sin duda, única en el mundo. Me estoy refiriendo al Panteón de los Reyes de León, testimonio de cómo la profecía relativa al señorío liberador de Jesucristo se ha venido realizando gradualmente a lo largo del tiempo, a medida que el anuncio del Evangelio llegaba a los corazones de los hombres y a los pueblos, y abarcaba todas las regiones de la tierra. Aunque este extraordinario y singular monumento responde a una época muy concreta de la historia de España y se enmarca en unas fechas determinadas, sin embargo, lo que reproduce es la epifanía o manifestación del Señor de la historia, una representación que transciende los momentos y las circunstancias concretas de los hombres, en este caso, las vidas de unos reyes y reinas que llenaron apenas dos siglos.

Pero, por encima de los sepulcros y laudas de los reyes, reinas e infantes de León, el Pantocrátor que preside el recinto desde la pintura de cabecera, tiene en torno a sí la parábola de toda vida humana que es, por una parte, la propia existencia terrena de Jesús de Nazaret en cada uno de sus pasos o acontecimientos y, por otra, el célebre menologio o calendario representativo de los trabajos y los meses, al que se añaden los signos del Zodiaco, toda una alegoría del paso del tiempo. A ese Cristo-Majestad, coronado de gloria, Rey de reyes y Señor de los señores (cf. Ap 17, 14; 19, 16), canta la liturgia de Pascua: “Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega, Suyo es el tiempo y la eternidad.A Él la gloria y el poderpor los siglos de los siglos[1].

Los Reyes de León no pudieron escoger mejor lugar para reposar en la espera de la resurrección. De alguna manera, al rendir sus vidas, sin duda azarosas, han cumplido también las palabras del salmo que he citado al principio: “Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra”. La celebración del XI Centenario del Reino de León puede tener muchas lecturas y conmemoraciones. En este marco de la Basílica de San Isidoro, celebrando la Santa Misa de la solemnidad de la Epifanía del Señor, yo he querido proponer esta visión de nuestra historia que responde, así lo creo, a la conciencia de quienes reposan aquí acerca de su misión, conciencia ciertamente mezclada con otros propósitos no tan espirituales.

No es casual sino, acaso, providencia divina, que esta basílica haya acogido, por voluntad de aquellos Reyes, las reliquias insignes del gran San Isidoro de Sevilla, depositario y promotor de la unidad católica de los pueblos de España proclamada en el III Concilio de Toledo por su hermano mayor San Leandro el año 589. "Esta unidad de fe se mantuvo durante los siglos de la invasión musulmana y fue factor decisivo de la opción de los pueblos de España, por la que salieron fortalecidos en sus convicciones religiosas" [2].

Queridos hermanos: Nuestra historia, a pesar de las lagunas o de los errores humanos, es muy digna de admiración y aprecio, y debe servirnos, a los que tenemos alguna responsabilidadsocial o pública, de estímulo para un mejor servicio a nuestro pueblo. Celebremos la fiesta de la Epifanía con sentimientos de gratitud al Señor que nos ha colmado de misericordia. Celebremos también con júbilo el XI Centenario. Hoy debemos hacer nuestra la alegría experimentada por los Magos en su camino hacia Cristo: “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría” (cf. Mt 2, 10). Pero, sobre todo, imitémoslesal presentar a los pies del Rey-Mesías no sólo sus dones, sino su propia vida.

+ Julián, Obispo de León


[1] Misal Romano, Vigilia pascual. Preparación del cirio.

[2] Comisión Permanente de la CEE, La fe católica de los pueblos de España. Instrucción con motivo de la conmemoración del XIV Centenario del III Concilio de Toledo, de 23- IX-1988.


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