"Conságralos en la verdad"
Is 61,1-3a; Sal 88;
2 Cor 4, 1-2. 5-7
Jn 17, 6. 14-19
"Padre santo... conságralos en la verdad; tu palabra es la verdad" (Jn 17, 17). Es la petición central de la plegaria de Jesús en el marco de la última Cena. La escuchamos cuando estamos reunidos para proceder a la ordenación de dos nuevos presbíteros para nuestra Diócesis. Hoy es domingo y víspera de la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Esta misma tarde será clausurado el Año de San Pablo y se ha abierto, por deseo del Papa Benedicto XVI también, un Año sacerdotal. Aspectos que debemos tener en cuenta también en esta celebración.
1. Jesús y sus discípulos consagrados en la verdad
"Padre santo... conságralos en la verdad; tu palabra es la verdad" (Jn 17, 17). Jesús ora por todos sus discípulos. Debemos acoger y meditar estas palabras del Señor con particular veneración. Jesús ha rogado por aquel grupo que Dios le confióy que le aceptó como enviado del Padre. Pero los beneficiarios de la oración de Cristo no fueron únicamente aquellos primeros discípulos. También nosotros podemos sentirnos incluidos en la exclamación "Tuyos eran y Tú me los diste" (Jn 17, 6), percibiendo en ella la elección eficaz que Dios ha hecho de cada uno al confiarnos a Jesús, de manera que, cada uno también, trate de responder en la fidelidad a esta elección guardando la palabra del Padre que nos ha sido comunicada por su Hijo (cf. Jn 17, 8. 14).
Debemos sentirnos felices y orgullosos de que el Señor nos considere unidos a Él en esa pertenencia al Padre, aunque el mundo no nos reconozca como suyos y nos persiga como le persiguió a Él (cf. Jn 17, 14; 15, 18-19). Nos cuesta entender esto, porque a veces pensamos que, para una mejor actuación pastoral, debemos sumergirnos en la sociedad adoptando los modos de pensar y de vivir de nuestros contemporáneos. Pero este criterio tiene una clara limitación que no podemos ignorar, el pretender identificarnos con el mundo; porque entonces se diluye lo que somos y se oscurece la misión que hemos recibido. Tampoco Cristo es el del mundo (cf. Jn 17, 14. 16). Por eso ha pedido expresamente: "No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15; cf. Mt 6, 13). Nuestro campo de acción y de testimonio ha de ser necesariamente la sociedad en la que vivimos, con sus contradicciones y peligros, pero sin confundirnos con el mundo. Tampoco debemos tener miedo. Jesús ha dicho también: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo"(Jn 16, 33).
¿Dónde apoyarnos para mantenernos fieles mientras permanecemos en el mundo, cerca de los hombres? He aquí la respuesta: "Padre, conságralos (es decir, santifícalos) en la verdad; tu palabra es la verdad " (Jn 17, 17). La elección que Dios ha hecho de todos nosotros asociándonos a su Hijo Jesús, se realiza mediante la acción santificadora del Espíritu que nos purifica y prepara para la misión: "Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo" (Jn 17, 18). Hemos sido elegidos y santificados como el mismo Jesús, como todos los bautizados. Sin embargo, la liturgia de la ordenación interpreta estas palabras del Señor en relación con el sacramento del Orden, porque ser sacerdotes en la Iglesia significa también participar de una manera singular en la consagración de Cristo al Padre para la salvación de los hombres: "Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad" (Jn 17, 19; Hb 2, 11). De la misma manera que supone una participación más plena en su misma misión.
Por eso podemos hablar y actuar en su nombre, representarle en la comunidad cristiana y prolongar sus gestos de salvación, especialmente partir y distribuir el Pan de la Eucaristía y perdonar los pecados. Este es el principal efecto del sacramento del Orden, que configura al que lo recibe a Cristo con un carácter especial (cf. LG 10; 28; PO 2). Carlos y Ángel, hoy vais a ser asimilados a Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia.
2. El ejemplo del Apóstol San Pablo
Como señalé al principio, hoy se clausura el Año dedicado a San Pablo. En comunión con toda la Iglesia, no debemos dejar pasar la ocasión para agradecer a Dios lo que este año nos ha deparado para conocer mejor y tratar de imitar a quien el mismo Señor llamó "instrumento elegido para dar a conocer su nombre"(Hch 9, 15). En efecto, después del mismo Jesucristo, la figura de San Pablo se ofrece a todos los cristianos pero muy especialmente a los sacerdotes, como un modelo espléndido de fidelidad a la vocación y misión que corresponde a cada uno. Por este motivo se ha proclamado como segunda lectura una página de la II Carta a los Corintios, que recoge cómo entiende el Apóstol el ministerio que ha recibido en favor de todos los fieles.
Bajo la reflexión de San Pablo subyace la Palabra de Dios que ilumina también esta liturgia de la ordenación de presbíteros. Dentro de unos momentos, preguntaré a los elegidos para el presbiterado si están dispuestos a realizar "el ministerio de la palabra, preparando la predicación del Evangelio" y "la celebración de los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación" (Orden. de Presbíteros, Promesa de los elegidos).Porque el presbiterado, como el ministerio apostólico, exige fortaleza y trasparencia, valentía y claridad, para predicar la Palabra de Dios sin adulterarla ni disimularla y para que quien desempeña esta función se muestre en todo momento como ministro de Cristo y dispensador de sus sacramentos (cf. 1 Cor 4, 1). Por eso, frente ala tentación de recluirnos en una especie de gueto o invernadero para protegernos del ambiente de relativismo moral que nos rodea, hemos de imitar el coraje de San Pablo cuando afirma: "No nos acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante..."(2 Cor 4, 2).
No obstante, para no predicarnos a nosotros mismos sino a Jesucristo y para iluminar a los demás "dando a conocer la gloriade Dios reflejada en Cristo", hemos de ser conscientes también de que, frágiles como somos, necesitamos la ayuda del Señor, según la afirmación paulina: "Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros" (2 Cor 4, 7). Por eso, los que ya somos sacerdotes, hemos de avivar continuamente la gracia de Dios que recibimos en nuestra propia ordenación (cf. 2 Tm 1, 6), cuidando mucho más nuestra vida espiritual y estando muy atentos a lo que nos pide la autenticidad y la fidelidad de nuestro ministerio. Y vosotros, Carlos y Ángel, tened siempre presente que jamás se puede bajar la guardia en lo tocante a los medios que la Iglesia propone para mantener el vigor de una vida según el Espíritu, entre los que sobresalen la oración, la práctica frecuente del sacramento de la Penitencia y los ejercicios espirituales.
3. El Año sacerdotal
La vida espiritual o vida según el Espíritu de los sacerdotes es fruto, en definitiva, de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, según la profecía de Isaías proclamada en la primera lectura y que nuestro Salvador se aplicó a sí mismo en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido (y) me ha enviado..." (Is 61, 1: cf. Lc 4, 18). La unción significa la transmisión del don Dios, el Espíritu Santo, que se apodera del hombre, lo purifica y lo transforma interiormente con vistas a la misión, en nuestro caso, el ejercicio del ministerio sacerdotal. Esta donación del Espíritu se realiza por el poder de Dios que actúa en el gesto de la imposición de manos del Obispo y en la plegaria de ordenación, renovando en el corazón de los elegidos el Espíritu de santidad (cf. Orden. de Presbíteros, Plegaria de ordenación). No obstante, la comunicación del don del Espíritu a los nuevos presbíteros se expresa mediante el rito de la unción de las manos, de manera que el simbolismo del aceite que impregna y suaviza, significa la fuerza necesaria para santificar a los hombres y para ofrecer a Dios el culto verdadero (cf. Orden. de Presbíteros, Unción de las manos).
El Año sacerdotal, recién inaugurado el pasado día 19 para toda la Iglesia, nos ofrece a todos una oportunidad espléndida para renovar e intensificar la espiritualidad sacerdotal. Para vosotros, queridos elegidos, es una gracia particular el que vayáis a comenzar vuestro ministerio en esta circunstancia. Invito a todos a leer y meditar la Carta del Papa con motivo del Año sacerdotal y su homilía del acto de apertura, en las que invita a dejarnos conquistar totalmente por Cristo como San Pablo y como el Santo Cura de Ars, y a esforzarnos en el camino de la santidad porque "la Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos" (Homilía de 19-VI-2009).
Queridos hermanos, especialmente vosotros, Carlos y Ángel: Dentro de unos momentos invocaremos la intercesión de la Santísima Virgen María y de todos los Santos, entre ellos los Santos Pastores como San Froilán, Patrono de nuestra Diócesis, y los santos y mártires del siglo XX en España. Entre ellos hay numerosos presbíteros. Que os acompañen y ayuden eficazmente en vuestra vida y ministerio.
+ Julián, Obispo de León
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