Queridos diocesanos:
El Día del Seminario, unido a la solemnidad de San José, cae también dentro de la Cuaresma, este año apoyada en San Lucas, el evangelista de la Misericordia. Pero no podemos olvidar que nos encontramos también en el Año Sacerdotal, que nos invita no sólo a cuidar nuestra vida espiritual sino también a avivar en la comunidad cristiana el aprecio por el ministerio sacerdotal y la oración por las vocaciones. Ambos aspectos están íntimamente relacionados. Nuestro presbiterio envejece de manera inexorable. La angustia que causa este hecho se acrecienta aún más ante la escasísima respuesta vocacional. Apenas una nueva ordenación sacerdotal cada año. Y el Seminario conciliar bajo mínimos, aunque el Redemptoris Mater va creciendo poco a poco.
Y, sin embargo, no debemos cejar en el empeño. El Año sacerdotal es un motivo de esperanza y un estímulo para intensificar la pastoral de las vocaciones al ministerio presbiteral, para orar por los sacerdotes y pedir con insistencia al Dueño de la mies que suscite operarios en nuestra diócesis. Necesitamos jóvenes, e incluso adultos, ¿por qué no, si reúnen las condiciones que la Iglesia pide?, que estén dispuestos como San José, el Custodio del Redentor, a entregarse de manera generosa y de por vida como instrumentos del amor y de la misericordia de Dios en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Es verdad que la misericordia divina llega a nosotros por los caminos más imprevisibles, pero hay uno especialmente significativo, insinuado por el Señor en el diálogo con aquella pobre mujer que le llevaron para ver si la condenaba: "Yo tampoco te condeno. Vete en paz y no peques más" (Jn 8, 11). Escucharemos este relato evangélico el domingo III de Cuaresma.
Ese camino es el sacramento de la penitencia, en el que el sacerdote ejerce, en el nombre de Jesucristo, la potestad que sólo Dios tiene, de perdonar los pecados. Jesús transmitió esta facultad a los Apóstoles cuando les dijo: "A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 23). En el Año sacerdotal este aspecto del ministerio del sacerdote, paralelo al de consagrar la Eucaristía, debería brillar especialmente y ser objeto de una oportuna catequesis y, obviamente, de la invitación a todos los fieles a acercarse a esta sede de la Divina Misericordia que es el sacramento de la Penitencia, contando también con la necesaria disponibilidad práctica y efectiva de los propios sacerdotes.
Precisamente en este ministerio sobresalió de manera ejemplar S. Juan María Vianney. De él ha escrito el Papa Benedicto XVI: "En tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días... Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental... Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día... El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor" (Carta de convocatoria del Año sacerdotal, de 16-VI-2009).
Confío, pues, en vuestra generosa respuesta a la Campaña del Día del Seminario. Con mi cordial saludo y bendición:
+ Julián, Obispo de León |