León, 17 de febrero de 2010
Queridos diocesanos:
El día 17 de febrero, Miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma. Volverá a resonar la llamada del Señor: "Convertios, porque el Reino de los cielos está cerca" (Mt. 3, 2) y acudiremos a la iglesia para recibir la ceniza como señal de penitencia. Esta llamada resuena a lo largo y a lo ancho de toda la Biblia, desde los profetas hasta Jesucristo y los Apóstoles. Dar frutos dignos de conversión era la invitación que hacía Juan el Bautista a sus oyentes después de haberles anunciado el mensaje de la salvación. Los que escuchaban este anuncio, se arrepentían de sus pecados y recibían un bautismo de penitencia. Recibir la ceniza significa estar dispuesto a atender la llamada de Cristo y ponerse a repasar la propia vida a la luz de la Palabra de Dios para convertirse más profundamente a Dios.
Jesús mismo quiso pasar por esta experiencia, aunque en Él no había ni sombra de pecado. Pero hizo más. Una vez bautizado, se adentró en el desierto y estuvo cuarenta días ayunando, en conversación continua con Dios su Padre. Por eso se puede afirmar que Cristo introdujo la práctica de la Cuaresma (cuarentena) en el año litúrgico de la Iglesia, dándonos ejemplo y santificando de este modo la penitencia cuaresmal. Al final, cuando el diablo quiso tentarle, le respondió apelando a la fuerza de la Palabra de Dios: "No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).
Teniendo en cuenta el programa pastoral del presente curso, El que escucha la palabra de Dios y la entiende, ése da fruto (Mt 13, 23), la Cuaresma de este año debería caracterizarse en nuestra diócesis por un firme y claro compromiso de anuncio y de escucha de la Palabra de Dios por todos los medios a nuestro alcance: catequesis, homilías, lectio divina individual o lectura creyente comunitaria, ejercicios de piedad, oración personal. La Palabra de Dios es siempre fuente de esperanza, de justicia, de fraternidad, de apostolado, de coherencia de vida y, en definitiva, de amor y caridad. Pero antes ha de producirse en el alma una auténtica conversión. Escribe San Agustín: "Es fundamental comprender que la plenitud de la Ley, como también de todas las divinas Escrituras, es el amor... Por tanto, quien crea haber comprendido las Escrituras, o al menos una parte cualquiera de ellas, sin empeñarse en construir, con el entendimiento de las mismas, el amor a Dios y al prójimo, demuestra no haberlas comprendido aún" (De doctr. christiana, 35).
En nuestra sociedad el hombre no tiene apenas vida interior. Todo es muy superficial, apenas se medita y se reflexiona. La lectura de la Biblia, hecha con deseos de encontrar luz y fortaleza, es una fuente muy eficaz de vida interior y, por tanto, de espiritualidad. La Cuaresma es un momento propicio para encontrarse con Dios aunque sólo sean unos minutos al día, pero todos los días. De este modo el hombre se libera de la falsedad que le rodea y se encuentra con su verdad interior. Esta mirada hacia dentro de uno mismo, proyectando la luz de la Palabra divina, es ya un éxito. Pero es preciso ponerse a ello, esforzándose un poco. Es un buen ejercicio cuaresmal, una verdadera ascesis.
Feliz y provechosa Cuaresma. Que nos encontremos todos, convertidos y renovados en la celebración de la Pascua.
+ Julián, Obispo de León
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