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LA VERDAD DE LA
RESURRECCIÓN DE CRISTO

Queridos diocesanos:

          “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. Esta frase del Pregón pascual encierra, a la vez, la expresión de la fe convencida de que Jesús de Nazaret, crucificado, muerto y resucitado, volvió a la vida, y la constatación de que ningún testigo presenció este hecho asombroso. De ahí la pregunta: ¿La resurrección de Cristo es un hecho histórico, en el sentido común del término, esto es, “realmente ocurrido”? Porque podríamos decir con San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe no tiene sentido” (1 Cor 15, 14).

Hay dos hechos que se ofrecen a la consideración del historiador: el imprevisto cambio de actitud de los discípulos que pasaron de la huida a la fe inquebrantable, y la explicación de este hecho que ellos mismos han dejado. Estos hombres, cuando detuvieron a Jesús, desaparecieron prácticamente de la escena. ¿Qué ocurrió para que, en muy poco tiempo cambiasen radicalmente de actitud?  

El testimonio escrito más antiguo de la resurrección pertenece a San Pablo en la I Carta a los Corintios, datada hacia el año 56 d.C. Dice así: “Lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mi” (1 Cor 15, 3-8). Teniendo en cuenta que Pablo conoció estos datos inmediatamente después de su conversión, podemos remontarnos al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Los relatos de los cuatro Evangelios se escribieron más tarde que la I Carta a los Corintios, pero el núcleo central de la narración es coincidente, que Jesús resucitó y se dejó ver. De ahí la importancia de las apariciones, causa del cambio de actitud en los discípulos. Jesús asumió una corporeidad diferente y desconocida para nosotros, de manera que sólo fue “visto” por aquellos a quienes Él se manifestó. A todo esto se añade un elemento significativo también, la insistencia sobre el sepulcro vacío.

¿Qué valor tiene todo esto para nuestra fe? Ciertamente la resurrección de Cristo, en sí misma, transciende la historia. Por eso “sólo la noche fue testigo” del hecho, pero las consecuencias comprobadas fueron espectaculares y lo siguen siendo en la vida de muchos cristianos. En segundo lugar, nuestra fe se apoya en la predicación apostólica recogida en las Sagradas Escrituras, en las que encontramos la Palabra de Dios, fuente de vida y de salvación. Los escritos apostólicos tienen también el valor de mostrar la solidez de las enseñanzas que hemos recibido, como señala San Lucas al comienzo de su Evangelio.  

¡Jesús vive!, queridos hermanos y amigos. Y la prueba está en que, un año más, si hemos celebrado con verdadero espíritu el Misterio pascual, hemos pasado de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida. Feliz Pascua Florida:

 

 

+ Julián, Obispo de León


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